Cuento: Liberación

09.13.19
Terapia Ocupacional
Cuéntale a tus amigos
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Una mañana fría y nublada de abril estaba llegando a mi refugio, el consultorio donde trato de entender a los demás para entenderme a mí mismo, cuando escuché una vocecita que me gritaba: ¡hey, amigo, ayúdame a salir de aquí! Busqué por todo lado y no ubicaba de dónde provenía la voz. Nuevamente me gritó lo mismo, hasta que pude observar un pequeño caracol debajo de una mata, que me hacía señas con sus antenitas. ¿Sorpresa? ¿Miedo? ¿Angustia de mi salud mental? ¡Todo a la vez!

— ¿Qué quieres?, le pregunté.
— Que me saques de aquí, respondió.

Durante unos instantes lo observé y me encontré hablando con un caracol. Van a pensar que estoy loco. Según el DMS-V tengo ya los indicadores de esquizofrenia. Si sigo así, no podré seguir atendiendo a mis pacientes. ¿Será que algo de ellos se me está pegando? Con una mirada disimulada y culpable miré a mi alrededor y no vi a nadie que pudiera acusarme ante los demás. Esto me alivió y volví al diálogo con mi diminuto molusco:

— ¿Que te saque de dónde?
—De esta cáscara que no me deja mover, gritó.
—Pero, señor caracol ésa es su casa y su cuerpo protector, ¿cómo lo voy a sacar de allí sin que se muera?
— ¡Qué va, hombre! Ésta coraza es mi perdición y pronto será mi ataúd. Tengo proyectos para ser grande y fuerte, pero esta muralla no me permite crecer.
Además, continuó: —necesito salir de aquí y huir lo más pronto posible porque me persiguen para meterme en prisión—.
— ¿Quiénes lo persiguen y por qué?
—Mis propios familiares y conocidos, gritó nuevamente con voz angustiada.
—Señor caracol, ¿qué delito tan grave cometió que justifique esa persecución?
—Uno muy grave para quienes vivimos bajo la carcasa de la vida: ¡me atreví a sentir, a pensar y a rebelarme!
—No lo entiendo, ¿en su mundo sentir y pensar es un delito?
— ¿De qué habla? Replicó. ¿Acaso en el suyo, de humanos, no es lo mismo? He oído que a diario mueren más pensadores que delincuentes.
—Es posible, señor caracol, pero nosotros no vivimos dentro de ningún caparazón que nos impida crecer.
— ¡Ja! Dijo irónico el animalito. Tienen una coraza más gruesa y pesada que la mía; yo al menos puedo arrastrarme con ella, pero ustedes casi que ni se pueden mover.
— ¿Que nosotros tenemos un caparazón? ¿Dónde la ve usted en mí?
—Ése es el problema de ustedes. Como no la ven, creen que no existe. Es una coraza formada por perjuicios, falsas creencias, envidias, odios, ambiciones, ansiedades, tristezas, vergüenza, el qué dirán y demás capas sociales que día a día van endureciéndoles la vida.

En silencio empecé a sacar al caracolito de su concha. Cuando estuvo fuera, el pequeño molusco grisáceo se perdió entre las matas del jardín gritando bajito un “gracias” opaco, y no lo volví a ver. ¿Será que se volvió babosa?

No lo sé, pero desde ese día trato de quitarme poco a poco las caretas que se han acumulado en el caparazón de mi vida.

Ps. Gustavo Palomino Gómez.
Sopo, Octubre de 2018.

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